No cualquiera puede comunicar correctamente

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Por Jaime Selser

Cada 7 de junio, al celebrarse en la Argentina el Día del Periodista, suele reconocerse la tarea de quienes tienen la responsabilidad de informar a la sociedad. Sin embargo, la fecha también invita a reflexionar sobre otro aspecto menos mencionado, aunque cada vez más importante para la vida institucional: la comunicación pública.
Durante mucho tiempo se creyó que comunicar era simplemente hablar. Que bastaba con tener una red social, ofrecer una entrevista o emitir un comunicado para transmitir eficazmente una idea. La experiencia demuestra exactamente lo contrario.
Comunicar es una disciplina.
Y como toda disciplina, requiere conocimiento, formación, experiencia y profesionalismo.
La política ofrece innumerables ejemplos.
Gobiernos que ejecutaron medidas acertadas pero no lograron explicarlas adecuadamente. Dirigentes con valiosos proyectos que jamás consiguieron construir consenso. Instituciones que realizaron importantes aportes a la comunidad, pero que permanecieron invisibles para la opinión pública. También ocurre el fenómeno inverso: liderazgos que logran instalar temas, construir legitimidad y generar adhesión gracias a una estrategia de comunicación consistente.
En todos los casos aparece una misma conclusión: la calidad de la gestión y la calidad de la comunicación están profundamente vinculadas.
La representación también se construye con palabras
Los legisladores representan intereses, ideas y demandas sociales. Pero también tienen la responsabilidad de explicar sus iniciativas, rendir cuentas de sus decisiones y mantener un diálogo permanente con la ciudadanía.
La democracia moderna exige mucho más que la emisión periódica del voto.
Exige información.
Exige transparencia.
Exige capacidad para comunicar.
En una sociedad atravesada por la inmediatez tecnológica, donde millones de personas reciben noticias en tiempo real, la comunicación se convirtió en una herramienta central de la representación política.
Lo que no se explica adecuadamente suele ser malinterpretado.
Y aquello que se comunica de manera deficiente deja espacio para las especulaciones, las versiones interesadas y la desinformación.
La era del juicio instantáneo
Las redes sociales modificaron profundamente las reglas del debate público.
Una declaración puede viralizarse en minutos. Un error puede transformarse en tendencia global. Una frase extraída de contexto puede generar consecuencias políticas de gran magnitud.
La velocidad genera oportunidades, pero también riesgos.
La opinión pública actual se caracteriza por la inmediatez. Muchas veces las conclusiones aparecen antes que los hechos. Los juicios preceden a las investigaciones. Las percepciones se consolidan antes de que exista información suficiente para evaluarlas.
En ese escenario, la comunicación profesional dejó de ser un complemento para convertirse en una necesidad estratégica.
Porque cuando una crisis estalla, no alcanza con tener razón.
También es necesario saber explicarla.
La reputación institucional
Las instituciones democráticas atraviesan un desafío complejo en todo el mundo: fortalecer la confianza ciudadana.
La credibilidad no se impone por decreto.
Se construye.
Y buena parte de esa construcción depende de la capacidad para informar, dialogar y responder.
La reputación institucional es uno de los patrimonios más importantes de cualquier organismo público. Sin confianza, las mejores iniciativas encuentran dificultades para desarrollarse. Sin credibilidad, incluso las decisiones correctas pueden ser cuestionadas.
Por eso la comunicación debe ser considerada una política estratégica y no una cuestión secundaria.
La experiencia demuestra que muchas crisis no producen sus mayores daños por los hechos que las originan, sino por la forma en que esos hechos son comunicados.
El silencio, la improvisación y los mensajes contradictorios suelen agravar problemas que inicialmente podían ser controlables.
El valor de los profesionales
Existe una tendencia a creer que

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