Argentina e Italia: la fraternidad de ambos pueblos unidos por el puente del Papa

Por Hon. Eugenio San Gregorio
Diputado de la República Italiana (mandato cumplido). Presidente de la Unión Sudamericana de Migrantes Italianos (USEI).
Hay acontecimientos que trascienden las fronteras, las ideologías y las diferencias políticas. Acontecimientos que no solamente se escriben en las páginas de la historia, sino que quedan grabados para siempre en el corazón de los pueblos. La visita del Santo Padre a la Argentina representa precisamente uno de esos momentos extraordinarios: un puente espiritual, cultural y humano entre Italia y la Argentina, dos naciones hermanadas por la historia, la sangre, los afectos y un destino compartido.
Desde la Unión Sudamericana de Migrantes Italianos celebramos profundamente el significado de este encuentro. Porque el Papa no solamente llega como máxima autoridad de la Iglesia católica y mensajero universal de la paz. Llega también desde Roma, esa ciudad eterna que alberga al Vaticano, corazón espiritual de millones de creyentes y símbolo de una civilización que ha dejado una huella imborrable en nuestra identidad.
La Argentina es, en buena medida, hija de aquella Italia que cruzó el océano llevando en sus valijas más esperanzas que pertenencias. Fueron millones de inmigrantes que llegaron con las manos endurecidas por el trabajo, pero con el alma iluminada por los sueños. Construyeron hogares, levantaron fábricas, cultivaron campos, fundaron comercios y contribuyeron decisivamente al desarrollo de nuestra Nación.
Hoy, más de veinte millones de argentinos reconocen raíces italianas. Se suele señalar a la Argentina como una de las mayores comunidades de descendientes de italianos del planeta. Pero detrás de las estadísticas existe algo mucho más profundo: una hermandad que no se mide en números, sino en sentimientos.
La historia nos recuerda el extraordinario recibimiento que el pueblo argentino brindó a San Juan Pablo II durante sus visitas de 1982 y 1987. Multitudes salieron a las calles para escuchar su palabra, recibir su bendición y encontrar, en tiempos difíciles, una señal de esperanza. Aquellas imágenes permanecen vivas en la memoria colectiva y demuestran que la Argentina sabe abrir sus brazos cuando la paz y la fe convocan.
Nuestro país necesita hoy recuperar ese espíritu.
Porque cuando suceden acontecimientos de semejante trascendencia, los argentinos tenemos la maravillosa capacidad de convertirnos en un solo pueblo. Ocurre cuando juega nuestra Selección Nacional y millones de corazones laten al mismo ritmo detrás de una camiseta. Y ocurre también cuando una figura espiritual de dimensión universal nos invita a reencontrarnos con nuestros mejores sentimientos.
Por un instante, las diferencias políticas pierden importancia. La grieta se vuelve más pequeña. Los enconos, los agravios y los resentimientos quedan relegados frente a una emoción colectiva que nos recuerda una verdad esencial: son muchas más las cosas que nos unen que aquellas que nos separan.
La visita pontificia constituye, además, una oportunidad excepcional para fortalecer los vínculos entre Italia y la Argentina. No hablamos solamente de relaciones diplomáticas, inversiones, comercio o cooperación cultural. Hablamos de abuelos que transmitieron su idioma, de madres que conservaron sus tradiciones, de apellidos que cruzaron generaciones y de familias que, aun separadas por un océano, nunca dejaron de sentirse parte de una misma historia.
Como representante de la comunidad italiana y como alguien que ha dedicado buena parte de su vida pública a fortalecer esos vínculos, considero que este encuentro debe ser también una invitación a renovar nuestro compromiso con la fraternidad, la solidaridad y la convivencia.
La Argentina fue tierra de oportunidades para nuestros antepasados. Hoy debemos trabajar para que vuelva a ser tierra de oportunidades para nuestros hijos y nietos. Que nadie tenga que abandonar su patria por desesperanza y que quienes decidan emigrar puedan hacerlo por elección y no por necesidad.
El Papa llega como símbolo de una Iglesia universal, pero también como portador de un mensaje que nuestro país necesita escuchar: no existe futuro posible cuando una sociedad convierte sus diferencias en enemistades permanentes.
La paz no significa pensar todos de la misma manera. Significa aprender a convivir, respetarnos y construir juntos, aun cuando pensamos distinto.
Italia y la Argentina están unidas por un puente que ningún océano puede separar. Un puente construido con sacrificios, lágrimas, trabajo, amor y esperanza. La presencia del Santo Padre nos invita a recorrerlo nuevamente, no solamente para recordar de dónde venimos, sino fundamentalmente para decidir hacia dónde queremos ir.
El gran filósofo italiano Antonio Gramsci escribió una expresión que atravesó generaciones: «Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad».
Que esa voluntad de esperanza nos inspire a todos. Que la visita del Papa no sea solamente un acontecimiento religioso, sino también una oportunidad de reconciliación nacional.
Porque los pueblos verdaderamente grandes no son aquellos que nunca tuvieron diferencias, sino aquellos que supieron superarlas.
Y porque cuando Italia y la Argentina se abrazan, no se encuentran dos pueblos extranjeros: se reencuentra una misma familia.
on. Eugenio San Gregorio
Diputado de la República Italiana (MC)
Presidente de la Unión Sudamericana de Migrantes Italianos (USEI)