Lola Mora. Por José Narosky

“La voluntad de triunfar no otorga el triunfo. Pero lo acerca” Incluso hay caidas que ayudan a levantarse.

Hay una película argentina, “Asesinato en el Senado de la Nación”, en la que se alude a un famoso debate sobre las carnes, en ese cuerpo legislativo. Y también a un crimen cometido durante la citada sesión.

Por eso pasó desapercibida una resolución del Senado –minutos antes de ese hecho- por el cual se otorgaba un subsidio de 250 pesos por mes a la más notable escultora argentina, sumida en la enfermedad y en la pobreza.

Me refiero a Lola Mora.

Claro que esa ayuda, aprobada en agosto de 1935, le sirvió de muy poco a la insigne artista. Porque pocos meses después, en junio de 1936, fallecía teniendo 69 años. Nacia un 17 de noviembre de 1866.

En vida fue casi ignorada, o por lo menos, no valorada en su verdadera dimensión.
Con su muerte, dos provincias se disputan todavia hoy el honor de cortarla como hija dilecta.
Salta es una, por que había nacido en La Candelaria, que pertenecía en ese momento, en 1866 a la Intendencia de Salta.
Y otra es la provincia de Tucumán, por que dicha Intendencia pertenecía al Obispado Tucumano. Se la considera en general tucumana, pero no es eso lo mas importante. A los 19 años sintiendo el fuego del arte en sus venas -la pintura inicialmente- se trasladó a Buenos Aires.

Era físicamente menuda y frágil. Aunque bonita.

Poseía temperamento. Y en ese Buenos Aires de fin de siglo, la palabra artista no sonaba bien. Era casi sinónimo de bohemio, o de irresponsable. Y en una mujer peor aún.

Porque la mujer, para muchos, nace solamente para estar en la casa, cuidar el hogar y los hijos. Un absurdo y una injusticia.

Y donde no hay justicia para todos no hay justicia. Y van apareciendo leyes justas, que nacen precisamente de las injusticias.

Pero Lola Mora, una muchacha agraciada de 20 años, quería ser pintora. Decidió viajar a Europa.

Consiguió una carta de recomendación de Dardo Rocha, fundador de La Plata. Y llegó a Roma.

Se dirigió a la casa de un famoso pintor, Micchetti, quien se negó inicialmente a recibirla siquiera.

Pero Lola Mora insistió tanto que logró ser escuchada.

-Maestro, perdóneme, he cruzado el mar atraída por su fama. Vengo a estudiar y a aprender de Ud.

-Es que yo no tomo discípulos, le dijo el pintor.

-Mejor. Así seré su única alumna.

-Tranquilícese señorita. Le recomendaré un buen maestro.

-No. Estudiaré con Ud. o regresaré a Buenos Aires.

Micchetti, conmovido y admirado por su tenacidad, le dijo:

-Bueno, la acepto. Pero con una condición. Si en dos meses Ud. no me interpreta artísticamente, tendrá que buscar otro maestro.

Pero en Lola Mora fueron naciendo otras dos pasiones.

Una, muy natural a su edad. Se enamoró y posteriormente se casó con un escultor argentino residente en Roma: Andrés Hernández. El matrimonio resultó efímero.

La otra pasión, la acompañaría toda la vida. Había descubierto la escultura.

Rápidamente, obras suyas comienzaron a invadir museos en Italia, en Francia, en Inglaterra.

De la Argentina también le solicitaban obras.

Regresó triunfadora a su país.

Es que realmente; ¡que verdad tiene aquel refrán! (no es aforismo, porque es anónimo), “nadie es profeta en su tierra”.

Su escultura más importante fue “La Fuente de las Nereidas”, que se colocaría en la Plaza de Mayo inicialmente.

Mostraba esa obra, una diosa desnuda sostenida por varios atletas también desnudos, mientras veloces caballos desafiaban al viento.

Claro, el puritanismo de la época -eran los primeros años del siglo XX- la falsedad de muchos y el absurdo machismo de otros, hicieron que tuviera que emplazarse finalmente en la Costanera Sur.

Pero en casi todas la provincias argentinas, hay esculturas de Lola Mora.

Están por ejemplo, la estatua de “Laprida” en San Juan. La de “Alberdi” en Tucumán, la de “Luis Saénz Peña” en la “Casa Rosada”.

Poco a poco su salud física y mental se iban resquebrajando.

Quizá, esto explicaría, porque invirtió todos sus ahorros -y los perdió- en la provincia de Salta, en una insólita aventura para extraer petróleo.

Esta artista, finalmente, fue un ejemplo, no sólo de singular talento, sino de una voluntad férrea que superó carencias y necesidades. Todo ello al servicio de una vocación irrenunciable: la escultura. Porque el verdadero artista siempre busca. Por eso suele encontrar, ya que la inspiración sólo ilumina al gran artista.

Creo que este aforismo, armoniza con la vida tan plena como dura y penosa de Lola Mora
“La necesidad no otorga fuerzas. Pero las descubre”.

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