Crisis educativa en América Latina: forjar un “optimismo realista” para frenarla

Por el Prof. Dr. Edgardo Néstor De Vincenzi

En Latinoamérica aún sufrimos las secuelas de la pandemia de coronavirus (SARS-CoV-2). No es algo opinable, sino datos concretos. Según un nuevo informe del Banco Mundial, junto a la Unicef y la Unesco, muchos niños del continente que volvieron al colegio tras los cierres obligados por el Covid se retrasaron entre 1 y 1.8 años en el estudio.

Según estos organismos, la crisis educativa en la región “no tiene precedentes”, y si no se actúa en consecuencia con rapidez, toda una generación “será menos productiva en el futuro y tendrá menos oportunidades de progreso”, según palabras que pronunció Carlos Felipe Jaramillo, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, durante un foro virtual para la recuperación educativa a principios de junio.

Su pedido fue que los gobiernos den carácter de urgencia a la recuperación educativa y se aseguren de que todos los estudiantes vuelvan a las aulas.

En este sentido, a mí me gusta pensar en la figura metafórica de un “optimismo realista” que le haga frente a cualquier crisis. Sabemos que no podemos cambiar los hechos: las escuelas debieron estar cerradas por fuerza mayor y así fue. Esto trajo problemas, sí, pero eso es algo que ya pasó. Ahora hay que mirar el futuro y pensar en que las crisis también son oportunidades.

Lo que sí podemos es tomar actitudes para afrontar los problemas y hacer lo mejor posible. En las crisis y en la diversidad aparecen los capaces. Debemos formar y forjar a las nuevas generaciones que sean capaces de crear, de innovar y ser resilientes. Lo que importa es lo que hacemos con lo que nos pasa.

La educación debe pensar firmemente en pedagogías que -además de habilidades y competencias relacionadas a la comunicación, el arte, ciudadanía responsable, cuidado de sí mismo, aprendizaje autónomo y desarrollo, creatividad, pensamiento crítico, resiliencia, etc- desarrollen, sobre todo, las habilidades para hacer frente a las situaciones imprevistas por medio de la previsión y prevención.

Una educación de vanguardia debe apuntar a formar personalidades cívicamente aptas en el ejercicio de su rol soberano. Más importante aún es recordar que la construcción del ser humano se inicia en el hogar. El Estado y la Escuela deben acompañar y fundirse en un mismo horizonte, para formar a las generaciones futuras.

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