Juan XXIII, un verdadero Santo Padre POR JOSÉ NAROSKY

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“El hombre tendrá que ver a Dios a través del hombre”.

 

En junio de 1963, moría en el Vaticano, un hombre cuya desaparición, enlutaría a los feligreses de todas las religiones del mundo.

 

Esta unanimidad en el dolor, fue uno de los milagros del siglo XX.

 

Este ser humano, que a los 81 años dejaba la existencia terrena, se llamaba Angel José Roncalli y había nacido en Bergamo, Italia, un 25 de noviembre de 1881.

 

Pero el apellido Roncalli se lo habían cambiado a los 77 años por un nombre mucho más recordable: Juan XXIII.

 

A los 3 meses de asumir como Papa, convocó un Concilio Ecuménico, el número vigésimo primero en la historia de la Iglesia Católica.

 

Se inauguró en Roma en octubre de 1962.

 

Mucho más impresionante que el esplendor oriental de su apertura, fue la importancia de sus fines, realmente revolucionarios.

 

Propuso unas reformas y una renovación tan completa de la Iglesia Católica Romana, que de llevarse a cabo afectaría a millones de católicos y jugaría también un papel decisivo en la comprensión del hombre frente a su hermano hombre.

 

La biografía de este Papa, justicieramente llamado “El Bueno”, no difiere mayormente de la de otros Papas.

 

Fue ordenado sacerdote en Roma, a los 23 años.

 

Veintiún años después, fue consagrado Obispo y destinado a Bulgaria, un país con un régimen ateo. Claro. Imperaba allí el comunismo.

 

Pero él armonizó con ellos porque hay una palabra que rigió su pensamiento y su conducta: ¡Comprender!. Él sabía, que con sólo estas diez letras se podría salvar al hombre.

 

Pasó luego a Turquía, a Grecia y a Francia.

 

Posteriormente recibió el capelo de cardenal. Tenía 72 años.

 

Cinco años después llegó a la más alta autoridad de la iglesia. Lo nombraron Papa.

 

Le tocó quizás, una de las etapas más difíciles –salvo las dos guerras mundiales- por las que atravesó la humanidad en ese siglo.

 

Eran los tiempos de Eisenhower en los EE.UU. y de Malenkov y Bulganin en la U.R.R.S..

 

Se desarrollaba la guerra fría y una frenética carrera de armamentos.

 

Fidel Castro desembarcaba en Cuba.

 

Comenzaba la era espacial con el lanzamiento del primer Sputnik.

 

Se advertía un mundo inquieto, mantenido al borde del abismo. Pero Juan XXIII, como a todo hombre manejado por un ideal, cuando la realidad lo golpeaba, se fortalecía. Y comenzó su tarea.

 

Viajes, reuniones, discursos, entrevistas.

 

Su figura se hizo casi popular, y fue incansable en su lucha. Porque sabía que la oscuridad se expande sola y que el esclarecimiento, siempre requiere esfuerzo.

 

Pero quizá lo más relevante de su labor como Papa, fue la cantidad de reformas que hizo a la liturgia católica, en lo relacionado con las otras religiones.

 

Es en ese campo donde su humanismo se mostró a flor de piel.

 

Y la voz de Juan XXIII resonó en el austero recinto del Concilio que él convocó, con frases como estas:

 

“…debemos basarnos en un orden justo. Y encontrarnos con aquellos que sin profesar la fe cristiana, poseen también la luz de la razón y de la rectitud”.

 

Por eso, “reestablezcamos relaciones de convivencia plena con todas las convicciones religiosas, sean protestantes, judíos, musulmanes, que deben merecer nuestra comprensión y nuestro respeto…”

 

Porque Juan XXIII comprendió cabalmente que habiendo transcurrido tantos siglos de civilización, los hombres no habían aprendido todavía a comprenderse.

 

Su especial sensibilidad le hizo entender, que el hombre tendrá que ver a Dios a través del hombre. También supo captar que la incomprensión, más que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir.

 

El mundo tiene con este ser humano, una deuda que sólo podrá pagar recordándolo eternamente.

 

Porque con su figura agradable, sus modales suaves y su oratoria pausada y persuasiva, demostró que si bien el ser humano no es artífice del nacer ni del morir, puede serlo del vivir…

 

Alguien comparó a Juan XXIII con una poderosa y refrescante brisa.

 

Un acierto, porque a partir de él, ya no cabe duda que hubo más brisas que conmovieron al mundo. Porque todos los hombres caminaron. Pero pocos como él, dejaron huellas…

 

Y este ser humano que abrazó causas tan nobles –que fue su manera de abrazar hombres- inspiró en mí este aforismo.

 

“Dios no es invisible. Los hombres somos ciegos”.

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