Robert Scott Por José Narosky

 

“Hay metas que parecen inalcanzables. Pero hay hombres nacidos para alcanzarlas”.

Finalizado el siglo XX, estabamos ante un mundo que casi ya no tenía secretos.

Pero había todavía dos lugares, que escondían sus misterios, de la mirada inquisitiva del hombre. Eran el Polo Norte y el Polo Sur.

Hombres audaces fracasaron en su intento de develar esos misterios.

Pero no luchaban sólo por descubrir el Polo, sino por cual sería la bandera que primero ondearía sobre la tierra virgen.

Un buque, -el Terranova- zarpó hacia el Antártico desde Inglaterra, comandado por Robert Scott, un explorador y marino inglés de 48 años.

Era enérgico, flemático y de muy pocas palabras. Su objetivo, llegar al Polo Sur.

Ya en la zona de los hielos eternos, desembarcaron. Levantaron una vivienda precaria para pasar el invierno, que duraba en esa región largos meses.

Sólo diciembre y enero se consideran allí verano, porque es el único período del año, en que el sol luce en el blanco cielo polar.

Eran veinte hombres y cada uno tenía asignada una labor específica.

Al día siguiente, se hicieron breves expediciones de exploración. Y una de ellas volvió con una noticia desalentadora. Habían observado a la distancia, delante de ellos, un campamento. Era el del noruego Amundsen.

El capitán Scott ya sabía que además del hielo y los peligros que deberían sortear, alguien, le disputaba la gloria de ser el primer vencedor de la región.

Diciembre de 1911. Febriles preparativos para la partida decisiva.

A la cabeza, irían trineos motorizados y cerrarían la marcha más trineos con perros siberianos.

Partieron los veinte hombres sabiendo que solamente cinco de esos veinte, emprenderían la última etapa y sólo esos cinco serían -si llegaban- los verdaderos conquistadores del Polo Sur.

A los tres días los trineos motorizados, demostraron su inaplicabilidad. Los perros, en cambio, resistieron casi todas las pruebas.

Eran diez solamente, los hombres que seguían, pasados los 100 Km desde la base. Delante, iba siempre el capitán Scott, envuelto totalmente en pieles, casi sin hablar.

Y cada mañana reemprendían la monótona marcha, a través de ese viento glacial, que después de miles de años, era respirado por primera vez por los pulmones del hombre.

Ya ni los perros pudieron resistir y también sucumbieron.

Trascurría el 31 de diciembre de 1911. ¡Fin de año!. Pero no había tiempo para nostalgias y faltaban 200 Km para la meta. Unos quince días de marcha. Allí, Scott eligió a los cuatro hombres que lo acompañarían hasta el final. Difícil elección, por cierto.

El 14 de enero, Scott escribió en su diario: “Sólo faltan 70 Km. Llegaremos, cueste lo que cueste”.

El 17 de enero salieron temprano. Recorrieron 14 Km. Llegarían sin duda alguna, al día siguiente: 18 de enero de 1912.

Pero en ese penúltimo día, una duda –agigantada por un diminuto punto oscuro en el horizonte- los agitó.

¿Habría llegado Amundsen primero que ellos?. Sí.

Amundsen, el noruego les había ganado. Y Scott y sus compañeros, hombres de acero, lloraron en silencio.

¿Podríamos decir que hubo egoísmo en ellos?. No.

¿No será que la humanidad es injusta cuando sólo el llegar primero es el todo y lo segundo suele no significar nada?.

Ya sin esperanzas, emprendieron los cinco héroes los últimos kilómetros, en ese 18 de enero de 1912 que debió ser de gloria y fue casi de frustración.

Y llegaron. Y tuvieron que observar, la bandera noruega, puesta por Amundsen que ondeaba victoriosa, e insolente sobre la fortaleza vencida. Vencida por el noruego.

Scott y sus hombres habían llegado ¡treinta y cuatro días tarde!. ¡Y pensar que la humanidad ya había recorrido millones de días!.

Y todavía el Capitán Scott debió cumplir un penoso deber. Allí junto a la bandera noruega, había una carta, en la que Amundsen rogaba a quien la encontrase, que fuese entregada al Rey Haakon de su país, Noruega, para atestiguar ante el mundo su hazaña.

Y el inglés cumplió, como caballero que era, con ese deber moral.

Pero hoy el capitán Scott, debe desde el cielo sentirse feliz.

Porque su fe y su corazón le labraron el más hermoso de los destinos: Brindar una luz, para ayudar a la humanidad a encontrar su camino.

Y este aforismo como homenaje al capitán Scott.

“Cuando luchamos por un ideal siempre ganamos. Aunque perdamos”.

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