TOMAS BRETON EL REY DE LA ZARZUELA. POR JOSE NAROSKY

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“La eternidad sólo pertenece a los creadores”.

 

Hay en España un tipo de música, la zarzuela, a al que se denomina, género chico. Y le dicen género chico porque frente a la ópera, por ejemplo, sería –¡sería!- una música de menor valor.

 

Aclaro que no es en absoluto mi propio punto de vista. Porque entonces tendríamos que calificar al tango o al folklore como géneros pequeños o medianos. Un absurdo.

 

Creo que en la música –que hace visible lo invisible- no caben, estas calificaciones casi escolares.

 

Yo diría que hay una música suave y grata al oído y otra estridente.

 

De la música estridente, sólo se oye la estridencia.

 

Todo ser humano tiene preferencias o gustos, sea en comidas, en ropas e incluso en música. Pero no me animaría a decir que la opera “La Traviata” (que es bellísima) por ejemplo, es superior a “La Cumparsita”.

 

Aclaro: sería mi preferencia, la Traviata, pero no diría que la ópera es superior al tango. Ni inferior obviamente.

 

Pero volvamos a ese género musical español muy simpático y vibrante que es la zarzuela.

 

Nació hace tres o cuatro siglos y desde su nacimiento, se adaptó a la sensibilidad y al gusto del pueblo español.

 

Porque su acción rápida y la variedad escénica tocó el sentir de ese pueblo.

 

Y así surgieron muy famosas zarzuelas.

 

Tienen –muchas de ellas- una melodía pegadiza y una letra de sana picardía.

 

¿Algunas de las más conocidas?: “Luisa Fernanda”, “La Del Soto Del Parral”, “Los Gavilanes”, “La Gran Vía” y “Doña Francisquita”.

 

A esta última, se la ha emparentado, por su fina musicalidad, con la ópera.

 

Pero así como “La Cumparsita” representa al tango por excelencia, hubo una zarzuela que es considerada la número uno por el pueblo español y es la que representa a la zarzuela.

 

Es aquella en cuyos versos canta el tenor:

 

-“¿Donde vas con manton de manila?…” etc..

 

Su nombre: “La Verbena de la Paloma”. La letra es de Ricardo de la Vega y la música de un insigne compositor español, nacido en la ciudad de Salamanca, nacido en 1850. Se llamó Tomás Bretón.

 

En sus casi 73 años de vida, Bretón escribió la música de más de 40 zarzuelas. Y ninguna tuvo, ni de cerca, la difusión de “La Verbena de la Paloma”. Aunque con “La Dolores” tuvo también, algunas satisfacciones.

Donde no tuvo muchas alegrías, Tomás Bretón, fue en su vida personal.

 

A los dos años perdió a su padre y poco tiempo después a su madre.

 

A los 8 años, bretón empezó a estudiar el violín.

 

A los diez años tocaba en la Sinfónica de Salamanca.

 

A los 22 años ya dirigía en la capital española una orquesta sinfónica.

 

Toda su vida sufrió penurias económicas, aun teniendo ocasionalmente buenos ingresos.

 

Pero dos virtudes jugaron en su contra: su generosidad y su dignidad. Aunque ambas suelen compensar, las supuestas pérdidas que causan.

 

En cuanto a la primera virtud, no es solamente generoso quien da más, sino quien da mejor. Y Tomás Bretón efectuaba donaciones a entidades de bien público de Madrid, Hospitales, Bomberos, etc.. Y lo hacía –y esto es lo remarcable- anónimamente. Incluso en perjuicio de su propia tranquilidad económica.

 

Enterado el Rey Alfonso XII, de su altruismo, le asignó una pensión que le permitió subsistir decorosamente.

 

Pero aludí antes a dos virtudes. La que no comenté aun fue su dignidad.

 

Además de un gran músico, nuestra figura fue un distinguido conferencista, muy frontal y polémico.

 

Le dolía como propia la inmoralidad ajena, la bajeza, la injusticia; y criticó en sus charlas a miembros de la corte que incurrían en tales trasgresiones. Pero como “al reptil siempre le molesta el vuelo del ave”. Fue calumniado a su vez por ellos.

 

Porque algunos hieren con mentiras, cuando no pueden herir con verdades. Y Tomás Bretón perdió su pensión.

 

Un 2 de diciembre de 1923, moría en la mayor pobreza, Don Tomás Bretón, el autor de la zarzuela “La Verbena de la Paloma”, que se cantó en Buenos Aires en 1894 a sólo dos meses de su estreno en el Teatro Apolo de Madrid.

 

Y quise recordarlo no sólo por esta joya musical, sino por esa dignidad que definió su condición humana y que su pueblo supo valorar.

 

Y quiero dedicarle a esa cualidad un aforismo.

 

“La dignidad cobra un precio. Pero siempre lo reintegra”

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